Con el 4 de octubre cada vez más cerca, la carrera presidencial brasileña dio un giro significativo a favor del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. La última encuesta de AtlasIntel, realizada sobre casi 5.000 personas, lo ubica con el 48,8% de intención de voto en un eventual balotaje frente al 42,3% del senador Flávio Bolsonaro, una brecha que en abril era prácticamente inexistente. El mandatario, que a sus 80 años busca un cuarto mandato no consecutivo, también lidera la primera vuelta con el 46,3% contra el 36,6% de su rival.
El deterioro del candidato del Partido Liberal no responde a un único factor, sino a una acumulación de crisis que golpearon su imagen en pocas semanas. La primera fue la revelación de un audio en el que el senador solicitaba financiamiento al banquero Daniel Vorcaro para producir una película sobre la trayectoria política de su padre. El problema: Vorcaro está detenido y es investigado por uno de los mayores fraudes bancarios de la historia reciente de Brasil, y Flávio había negado inicialmente conocerlo. La segunda fue protagonizada por su propia madrastra: Michelle Bolsonaro, figura central entre el electorado femenino y evangélico, renunció a la conducción del ala femenina del PL y lo acusó públicamente de haberla irrespetado y maltratado políticamente. Según AtlasIntel, el 64,1% de los brasileños considera que esa ruptura debilitó su candidatura, y una encuesta de BTG Pactual/Nexus muestra que Lula lo supera por 18 puntos entre las mujeres.
El frente externo y la carta a Washington
La tercera controversia tuvo repercusiones en política exterior. Flávio envió una carta a la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos pidiendo una postergación de los nuevos aranceles previstos sobre productos brasileños, y al mismo tiempo defendió la posibilidad de que Brasil negocie acuerdos comerciales por fuera del Mercosur. Lula no desaprovechó la ocasión: calificó a la familia Bolsonaro de «traidora de la patria» y se presentó como defensor de la soberanía nacional, un argumento que ya le había dado rédito político en 2025, cuando los aranceles impulsados por el entorno bolsonarista le permitieron despegarse en las encuestas.
Esa dimensión internacional tiene un trasfondo que en Brasilia se sigue de cerca. Tanto Donald Trump como Javier Milei apoyan abiertamente la candidatura de Flávio, y el presidente argentino recibió al senador en la residencia de Olivos hace apenas días. El gobierno de Lula no tiene dudas de que Washington y Buenos Aires harán lo posible para inclinar la balanza antes de octubre, incluyendo una posible operación en redes sociales, terreno en el que tanto Trump como Milei se sienten cómodos. Sin embargo, la carta enviada por el secretario de Estado Marco Rubio hablando de «gobierno de transición» generó rechazo en el electorado brasileño y fue interpretada por muchos como una muestra de subordinación del candidato a los intereses estadounidenses.
El oficialismo tampoco salió ileso de las últimas semanas. El senador Jaques Wagner, uno de los principales aliados de Lula en el Congreso, renunció a su rol como portavoz del oficialismo tras quedar vinculado a una investigación también relacionada con el Banco Master, que incluyó supuestos pagos ilegales y la adquisición de un departamento valuado en casi 500.000 dólares. Sin embargo, el impacto político fue acotado comparado con los escándalos que sacudieron al campo opositor. Con tres meses por delante y una segunda vuelta posible para el 25 de octubre, Lula llega como favorito a la recta final, aunque la resiliencia histórica del bolsonarismo y el apoyo externo que recibe Flávio mantienen abierta una contienda que difícilmente se defina antes del último momento.

