A menos de seis semanas de las elecciones presidenciales del 4 de octubre, Brasil enfrenta una disputa que combina continuidad dinástica y tensión electoral creciente. El expresidente Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de cárcel por intento de golpe de Estado y cumpliendo prisión domiciliaria tras perder los comicios de 2022 ante Lula da Silva, no puede presentarse a ningún cargo. Pero la familia que construyó en torno suyo no tiene intención de retroceder: ocho integrantes del clan Bolsonaro competirán el mismo día en distintos distritos y categorías, tres más que en la elección anterior. El proyecto electoral de la familia nunca fue tan grande.

Flávio Bolsonaro, el hijo mayor y quien encabeza la candidatura presidencial por decisión de su padre, se define a sí mismo como «el Bolsonaro moderado» y acumula una trayectoria de senador nacional. Le sigue Carlos, elegido concejal siete veces en Río de Janeiro y ahora candidato al Senado por Santa Catarina, uno de los bastiones del bolsonarismo. Michelle, actual esposa de Jair, va por una banca en la cámara alta representando al Distrito Federal. Jair Renan, el hijo varón más joven del expresidente, compite por la Cámara de Diputados junto a Rogéria, ex mujer de Jair. Cierran la lista Renato, hermano del expresidente, y Marcelo y Valéria, primo y esposa de primo, que buscan bancas en la Asamblea Legislativa de San Pablo. Todos bajo el paraguas del Partido Liberal.

«Es un holding familiar. Perciben el poder político como un espacio en el que son escuchados, pero también como una cuestión financiera», explicó a la agencia EFE la periodista Juliana Dal Piva, que investiga al clan desde hace casi una década y sufrió amenazas por ello. El proyecto tiene raíces en 1988, cuando Jair entró a la política después de ser obligado a dejar la carrera militar, y fue escalando: concejal, diputado por casi 30 años, presidente. Sus hijos, según su amigo y ex asesor Waldir Ferraz, no tenían inclinaciones políticas pero fueron tomando el gusto al ver a su padre. «En cualquier lugar tienen votos. La familia Bolsonaro quiere un país derecho, decente», señaló Ferraz.

Problemas judiciales que no detienen la maquinaria electoral

El éxito del clan en las urnas contrasta con sus expedientes judiciales. Jair está condenado por golpismo. Eduardo, otro de los hijos, perdió su banca de diputado al instalarse en Estados Unidos después de ser investigado por presionar al Supremo para que se aplicaran sanciones norteamericanas contra Brasil. Flávio y Carlos estuvieron en la mira de la Fiscalía por el esquema conocido como «rachadinha»: contratar familiares y conocidos como funcionarios fantasma y quedarse con la mayor parte de sus salarios. Flávio logró anular una serie de pruebas en su contra; la investigación sobre Carlos sigue en curso. El patrón, según Dal Piva, comenzó con el propio Jair y fue replicado por sus hijos.

Las encuestas muestran que a pesar de ese bagaje, el bolsonarismo tiene fuerza real para competir. Lula da Silva lidera la primera vuelta con el 41% de intención de voto contra el 37% de Flávio Bolsonaro, según el sondeo de BTG Pactual/Nexus realizado sobre 2.006 entrevistados telefónicos entre el 21 y el 23 de agosto. Pero el dato más relevante está en el balotaje: la brecha entre ambos se redujo a apenas un punto —46% contra 45%—, dentro del margen de error del estudio. Datafolha, con una metodología presencial, establece una diferencia algo mayor de cuatro puntos a favor del presidente, aunque también muestra una tendencia a la baja respecto al margen que Lula exhibía en junio.

Para el entorno de Flávio Bolsonaro, una diferencia de cuatro puntos en un eventual balotaje es un escenario «remontable». El arranque oficial de la campaña electoral apretó los números y abrió la puerta a una segunda vuelta que podría definirse por márgenes mínimos. Si ningún candidato alcanza la mayoría absoluta el 4 de octubre, el desempate llegará el 25 del mismo mes, y todo indica que la segunda vuelta entre Lula y Flávio será una de las más disputadas de la historia reciente de Brasil. El expresidente preso, sus hijos en campaña y el país más poblado de América del Sur otra vez dividido en dos: el 4 de octubre se juega mucho más que una elección.