El Parlamento húngaro eligió este martes a András Baka como nuevo jefe de Estado, en lo que representa uno de los gestos simbólicos más potentes de la transición política que vive el país desde la derrota electoral de Viktor Orbán en abril. Baka, jurista de 73 años, fue propuesto por el nuevo primer ministro conservador Péter Magyar y obtuvo el respaldo de los 140 diputados del partido gobernante Tisza. Los 53 legisladores del Fidesz, el partido de Orbán, no participaron de la votación, mientras que seis diputados del ultraderechista Nuestra Patria votaron en contra.

La elección de Baka tiene una carga histórica difícil de ignorar: en 2011 fue destituido como presidente del Tribunal Supremo precisamente por oponerse a los ataques del entonces gobierno de Orbán contra la independencia del Poder Judicial. Trece años después, ese mismo sistema que lo expulsó lo elige para encabezar el Estado. «Es un gran honor y una excepcional confianza que el Parlamento me haya elegido como presidente de la República», dijo Baka ante los diputados tras prestar juramento para un mandato de cinco años.

En su discurso inaugural, el nuevo presidente reconoció que tras 16 años de gobiernos de Orbán Hungría «necesita justicia», aunque advirtió que el país «no puede construirse sobre una base de venganza». También trazó un rumbo claro en materia de política exterior: «El lugar de Hungría está en Europa, como una consecuencia de su cultura y sus valores», afirmó en un mensaje de tono marcadamente europeísta que contrasta con la orientación que el ex primer ministro le había dado a la política exterior húngara, históricamente alineada con Moscú y enfrentada a Bruselas.

Una transición cargada de historia

Magyar, el primer ministro que impulsó la candidatura de Baka, celebró la elección en sus redes sociales: «Después de largos años, Hungría tendrá de nuevo un verdadero presidente». Durante su exitosa campaña electoral de abril, el mandatario había prometido destituir a los funcionarios leales a Orbán que pudieran frenar el proceso de regeneración democrática, una tarea que ya incluía la remoción del predecesor de Baka, Tamás Sulyok, a través de un cambio constitucional impulsado por la mayoría parlamentaria. Magyar argumentó entonces que Sulyok era una «marioneta» del ex líder que obstaculizaría sus planes de restablecer el Estado de derecho.

El cargo que asume Baka es mayormente protocolar, sin atribuciones ejecutivas de peso, pero en el contexto de la transición húngara tiene una relevancia política que excede lo formal. El analista Zoltán Lakner advirtió que el nuevo presidente deberá navegar expectativas contradictorias: respaldar el proceso de cambio que encabeza Magyar y al mismo tiempo preservar su autonomía respecto al gobierno. Se espera además que su mandato conviva con la redacción de una nueva Constitución, prometida por Magyar como parte de las reformas estructurales que planea impulsar, y que podría modificar incluso las atribuciones del propio cargo presidencial.