El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ordenó este lunes al secretario de Defensa Pete Hegseth reducir «sustancialmente» la participación estadounidense en los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur denominados Ulchi Freedom Shield, que comenzaron ese mismo día y se extenderán durante 11 días. Trump calificó las maniobras de «costosas», «inapropiadas» y portadoras de una señal «totalmente hostil» hacia Corea del Norte, y volvió a poner en el centro de la escena su relación personal con el líder norcoreano Kim Jong Un. El anuncio llegó un día después de que publicara en redes sociales una foto junto a Kim tomada en 2019 con el texto «¡Nos llevamos de maravilla!», y se completó con declaraciones en el Despacho Oval en las que aseguró que el líder norcoreano respondió a sus intentos de retomar el contacto y que los intercambios son «muy positivos». «Yo lo entiendo. Él me entiende», resumió el presidente estadounidense.
El gesto no fue solo diplomático sino también un castigo explícito hacia Seúl. Trump vinculó directamente su decisión de recortar las maniobras con el enojo que le generó la negativa de Corea del Sur a participar en la guerra de Estados Unidos contra Irán. «Tenemos soldados allí protegiéndolos de Kim Jong Un, su vecino de al lado, ¿y no van a ayudarnos en una operación muy sencilla en Irán? Es extraño», dijo el presidente, quien también expresó molestia por las demoras en el cumplimiento de compromisos de inversión prometidos por Seúl. El gobierno surcoreano, que confirmó que los ejercicios continuaban conforme al cronograma original a pesar de la orden de Trump, respondió con cautela y expresó su esperanza de que la relación personal entre Trump y Kim pudiera traducirse en un «diálogo significativo» entre Washington y Pyongyang.
Para Trump, el acercamiento a Kim es presentado como una estrategia de distensión. Sin embargo, los analistas señalan que el escenario es sustancialmente más complejo que en 2018 y 2019, cuando ambos líderes protagonizaron tres cumbres que terminaron sin acuerdo. Desde el fracaso de las negociaciones en Hanói, Corea del Norte continuó expandiendo su arsenal nuclear —estimado hoy en unas 60 ojivas— y desarrollando misiles con capacidad de alcanzar territorio estadounidense. Además, la guerra en Ucrania acercó estratégicamente a Pyongyang y Moscú: Kim suministró armamento y envió tropas a combatir junto a Rusia, una experiencia que según funcionarios militares estadounidenses permitió a las fuerzas norcoreanas adquirir conocimientos de combate en el uso de drones y operaciones cibernéticas.
Un tablero más complicado que en el primer mandato
Analistas y ex diplomáticos advierten que Kim llega a esta eventual renegociación desde una posición de mayor fortaleza. Hay quienes describen al líder norcoreano como un dirigente «frío y calculador» y consideran «sumamente dudosa» la idea de que tenga un afecto especial por Trump. El objetivo estadounidense sería evitar que Corea del Norte profundice su alineamiento con China y Rusia, manteniéndose «presente» en ese tablero. El analista Alex Sierra coincide en señalar a Rusia como una pieza clave del cálculo de Washington, y considera que la reducción de los ejercicios puede interpretarse también como una forma de presión sobre Seúl. «Puede llamarse un pequeño castigo», señaló.
El contexto iraní también juega un papel en la ecuación. Varios analistas señalan que Trump vuelve su atención hacia Corea del Norte en parte porque enfrenta un atolladero en el conflicto con Irán, que bombardeó las instalaciones nucleares persas en junio de 2025 pero no logró cerrar el capítulo. «En la mente de Trump, hay un contraste entre su postura en Irán, absolutista, y su enfoque pragmático hacia una Corea del Norte nuclear», señalan. El senador demócrata Jack Reed fue más duro: acusó a Trump de tomar una decisión «insensata y arbitraria» que penalizaba a un aliado clave sin justificación real. Joel Wit, ex diplomático que participó en las primeras negociaciones con Pyongyang, fue lapidario sobre las chances de éxito: «Trump parece no darse cuenta de que el Kim Jong Un de hoy no está interesado en mejorar las relaciones con Estados Unidos. Está empeñado en conservar sus armas nucleares y apoyar a Rusia».
El paralelismo con el primer mandato es inevitable y genera escepticismo. En 2018, tras la cumbre de Singapur, Trump llegó a declarar que el programa nuclear norcoreano iba a desmantelarse «muy rápido». No ocurrió. La segunda cumbre, en Hanói en 2019, terminó antes de lo previsto y sin acuerdo, después de que Kim rechazara las condiciones estadounidenses. Ahora, con un arsenal más desarrollado, una guerra real en su currículum de aliado ruso y menos incentivos para ceder, la pregunta que recorre los pasillos de Washington es si Trump puede ofrecer algo que Kim no tenga ya, o si el ciclo de cumbres personales, gestos diplomáticos y fracasos negociadores está a punto de repetirse.

